LOS JUEGOS PSICOLÓGICOS

Desactivar los juegos psicológicos*

Mente Sana Nº 58

En las relaciones de pareja, hay situaciones cotidianas que activan inmediatamente un combate sutil entre ambos miembros.

Es entonces cuando el diálogo se llena de frases con doble sentido, heridas verbales, culpabilidades y victimismos. Un juego dañino que solamente puede terminarse usando el comodín de la sinceridad.

Como sabemos, en un combate de boxeo los dos púgiles saltan a la lona cuando suena una campana, momento en el que comienzan una pugna por ver quién de los dos es más hábil con los puños. Después de una serie de asaltos pactados de antemano por las partes, a no ser que se haya producido un fuera de combate, finaliza la pelea, siendo los jueces los que dictaminan quién de los dos es el vencedor o, si fuera el caso, resolverlo con un empate a puntos.

De igual manera, muchas parejas suelen saltar a una lona para combatir en lo que podríamos llamar "boxeo psicológico" una especie de juego psicológico en pareja en el que las palabras hacen las veces de puños. En el boxeo psicológico, el asalto también da comienzo con un "ding" de campana, que, en nuestro caso, llamaremos "cebo". Normalmente el cebo suele adoptar la forma de una pregunta trampa. Veamos un ejemplo:

Un miembro de la pareja, pongamos por caso él, ha tenido que trabajar en sábado. Al finalizar la jornada, se siente cansado y con ganas de llegar a casa, ducharse, ponerse cómodo, cenar y lanzarse de cabeza al sofá para ver una película de vídeo o, simplemente, no hacer nada. Ella, por su parte, aunque no ha ido al trabajo, se ha quedado todo el día en casa realizando tareas domésticas, por lo que ahora está con ganas de que llegue su pareja para poder cenar juntos y salir después al cine a despejarse un rato.

Cuando él entra, saluda, besa a su pareja y mira de reojo al sofá, momento en el que comienza a sentir unas ciertas vibraciones que le indican que algo está a punto de ocurrir. Acto seguido, se dirige al armario para prepararse la ropa y ducharse. Mientras tanto, ella, que también ha comenzado a captar determinadas señales en el ambiente, lo sigue por el pasillo y le dice:

 -Cariño, llevo todo el día en casa. ¿Te gustaría que, después de cenar tranquilos, fuésemos al cine? A mí me apetece mucho.

Hasta aquí, ella ha sido franca y directa, por lo que la respuesta de él debería ser igual de transparente: un sí o un no claro y conciso. Pero él teme que si le dice a su mujer que quiere tumbarse en el sofá y descansar, ella se quedará en casa disgustada. Y también sabe que si, por el contrario, no se lo dice, será él quien irá al cine malhumorado. Ante la disyuntiva, elige la peor de las soluciones: comenzar un juego psicológico. De forma que hace sonar el "ding" de la campana o, lo que es lo mismo, lanza el cebo. La cosa podría ser más o menos así:

 -Al cine, dices... Esta noche... No sé... ¿A qué hora comienza?

Obsérvese que él no ha respondido a la pregunta, que no se ha definido al respecto: ni ha clarificado cuál es su interés (quedarse retozando en el sofá) ni ha aceptado la propuesta que ella le ha hecho (ir al cine). En lugar de ello, ha lanzado el cebo en forma de pregunta ("¿A qué hora comienza?"), lo que implica redefinir el problema, llevarlo a otro terreno, desviar la atención. Así, en caso de que finalmente se decida por no ir al cine con ella, no será porque él no quiera sino por problemas de horario. Pero el hecho de que el cebo esté lanzado no implica que el pez pique necesariamente el anzuelo.

Para que el "ding" de la campana sea efectivo, hace falta que los dos púgiles salten a la lona; es decir, si ella no completa la jugada mordiendo el cebo que él ha lanzado, no puede haber juego psicológico. Ya lo dice el refrán: "Dos no se pelean si uno no quiere". Sigamos pues. La respuesta cómplice de la mujer ante la pregunta trampa del hombre ("¿A qué hora comienza?") podría ser de este estilo:

 -Creo que hay una sesión a las diez menos cuarto, y otra a las doce y media.

El podría entonces replicar:

-¡A las diez menos cuarto! ¡Pero si yo aún me tengo que duchar y no hemos cenado todavía! Llevo todo el día en el trabajo sin parar ni un solo minuto, y ahora tendré que ir también a todo gas... No me apetece ir con tantas prisas.

-Bueno -contestaría ella-, si te parece, dúchate tranquilo. Yo ya tengo hecha la cena; te he preparado cordero al horno, tu plato preferido. Iremos a la sesión de las doce y media, así no tenemos que ir con prisas.

Dicho esto, la mujer se dirigiría a la cocina para ir calentando el cordero, pero él, en lugar de ir a la ducha, probablemente la seguiría para decirle, contrariado:

-Esa película dura casi tres horas, y acabará cerca de las tres de la madrugada. Llegaremos a casa pasadas las cuatro y habíamos dicho que mañana queríamos aprovechar la luz del sol para salir a pasear.

Aunque no saben muy bien cómo ha ocurrido, en ese momento los dos son conscientes de que las leves vibraciones que al principio habían captado planeando en el ambiente se han convertido ahora casi en radiaciones tóxicas. Ella, sintiéndose atrapada y frustrada, lanza el primer gancho al corazón, un golpe de victimismo. Con los ojos un tanto vidriosos, dice:

-Llevo todo la tarde encerrada en casa. He querido prepararte tu plato"" favorito con toda la ilusión del mundo, pensando que te alegrarías y que te animarías a salir, a acompañarme al cine. Y mira ahora con lo que me encuentro...

El se queda noqueado por este comentario. El peso de la culpa le hace flojear las piernas, está a punto de besar la lona, por lo que trata de salir de esa situación compitiendo con ella con el mismo golpe, otro gancho de victimismo:

-Hoy he tenido un día terrible en el trabajo. Ya sabes que estar de cara al público es muy duro y que necesito un poco de tranquilidad al llegar a casa; solo me faltaba esto ahora... Pero no te preocupes, cenamos y salimos a ver la película.

Ahora es ella quien se tambalea por el cuadrilátero de la culpa. Así que cambia de estrategia y lanza un directo inculpatorio:

- Claro, ahora saldremos al cine y tendré que aguantar tu mal humor toda la noche. No, gracias; prefiero quedarme en casa.

Este comentario le ha dado de lleno. El siente miedo ante el enfado creciente de ella, por lo que decide contraatacar con un movimiento casi imperceptible que consiste en mostrarse como el salvador:

-Tienes razón, cariño. Perdona, es que he tenido un día realmente duro. Sé que estabas ilusionada y que te has esforzado por preparar esta noche con esmero. Seguro que después de la ducha estaré como nuevo y podemos salir al cine.

Ahora es ella la que se siente mal por el sacrificio que él está dispuesto a realizar y, después de disculparse por su salida de tono, le propone que se queden en casa y que pospongan el cine para la siguiente tarde.

Este podría ser el final del combate, pero, aunque pueda parecer que se ha resuelto el conflicto, no es así en absoluto. De hecho, seguramente en unos pocos días volverán a saltar a la lona, a enzarzarse en estos "juegos" que tanto desgastan a las parejas y que siempre acaban con un empate a puntos: nunca gana nadie, pero siempre pierde la relación. Las parejas necesitan integrar de una forma saludable las diferentes necesidades que cada uno de ellos puede manifestar en un momento dado, pues, echando mano de estas estrategias tan dañinas, de estos juegos psicológicos, no se consigue más que ir carcomiendo la relación desde dentro.

Si entendemos que la esencia de estos juegos es manipular al otro para adecuarlo a nuestras necesidades, podremos tener una idea de cuál es la clave para integrar armoniosamente los deseos de cada uno: desarrollar una actitud de sinceridad y de apertura ante el otro en relación con nuestras propias necesidades. En la sinceridad está la clave.

El mayor enemigo de la sinceridad es el miedo que experimentamos cuando fantaseamos con las posibles consecuencias catastróficas que tendrá el mostrarnos

claros y transparentes: "Ella pensará que soy un egoísta si le digo que esta noche me quiero quedar en casa" "El tendrá una mala opinión de mí si le pido que salgamos aunque haya trabajado todo el día y esté cansado". Pero, en realidad, a lo que deberíamos temer es a las consecuencias que la falta de sinceridad puede tener sobre la relación.

Entonces, ¿qué hubiese pasado con nuestra pareja si hubiesen actuado con sinceridad? La situación podría haber sido así:

-No sé a qué hora es la película, cariño -respondería ella sin morder el cebo-. Lo que quisiera saber ahora es si tú quieres ir al cine esta noche o si prefieres hacer otra cosa.

Y él, sin esquivar la respuesta con una pregunta trampa, podría haber respondido: -La verdad es que estoy cansado y me gustaría quedarme en casa. ¿Por qué no vamos al cine mañana por la tarde?

Cuando somos sinceros y abiertos, sentamos las bases para que las diferencias se puedan sellar con un beso.

SERGIO HUGUET

Psicólogo y psicoterapeuta.

Miembro docente del Instituto Gestalt de Canarias