Educar con coherencia

¿Quién quiere enseñar a sus hijos/as a través de estrategias mediocres? Todos deseamos enseñar de la mejor manera posible y dotar a nuestros hijos e hijas de la mayor cantidad de herramientas para relacionarse consigo mismo/a y con el mundo, más allá del lema “la letra con sangre entra”.

Enseñar a nuestros/as hijos/as de una forma positiva, potenciando su autoestima y facilitando que  interioricen con madurez las normas, se convierte en una prioridad.

No obstante, se pierde de vista fácilmente que para enseñar a nuestros/as hijos/as a ser maduros/as, el castigo físico es contraproducente. Se ha considerado inofensivo, a veces necesario, sin embargo, no favorece el aprendizaje de valores.

Nuestros/as hijos/as aprenden de lo que nosotros/as hacemos, no de lo que les decimos. Si yo le digo a mi hijo/a que no está bien pegar, y seguidamente cuando no hace lo que yo deseo, le pego y/o grito, considerará que también puede pegar o gritar a otros bajo su criterio.

Los/as niños/as aprenden el valor del respeto a través de la relación que ha tenido con las personas significativas, es decir, progenitores, profesores/as,  hermanos/as, etc.

Ese respeto del que hablamos es un valor muy importante en el desarrollo de las relaciones humanas. Para ser respetado es necesario aprender a respetar, a comprender al otro, a valorar sus intereses y necesidades. El respeto es mutuo y nace de un sentimiento de reciprocidad. Tiene que ver con no ofender al otro, ni discriminarlo. En este sentido, es evidente que recibiendo una “torta” no nos sentimos respetados y, sobretodo, si este acto punitivo proviene de personas muy significativas en mi vida. Ahora bien, el que mi padre o mi madre me dé una “torta” no significa que tenga que desarrollar un trauma. No obstante, si se utilizan estas prácticas para educarme, es muy probable que yo desarrolle un sentimiento de poco respeto hacia mí mismo/a. Las personas para crecer y desarrollarnos necesitamos sentirnos válidos, y el respeto influye en este desarrollo óptimo.

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Cuando me das una “torta” porque no hago lo que esperas siento emociones como el miedo, la rabia, la vergüenza, y percibo tu frustración. Si esto me hace enmendar mi comportamiento (que no siempre ocurre así, a veces genera justamente el efecto contrario), lo haré como sometimiento a ti. Sin embargo, no estoy aprendiendo a ser autónomo/a y a interiorizar las normas y comportamientos que quiero respetar, y desarrollo una moral heterónoma (cumplo por y para los demás).

Además de esto, se ha demostrado que el castigo físico no es eficiente en el aprendizaje de conductas más complejas o elaboradas, es decir, lo punitivo funciona en un momento muy concreto- Voy a poner un ejemplo, si el/la niño/a va a directo a coger un cuchillo, es probable  que darle una torta en la mano lo pare, pero si lo que me interesa enseñarle es que estudie, probablemente no se genera un aprendizaje. La explicación de esto es que el castigo físico como medida correctiva se olvida a los pocos minutos, por lo que para metas educativas complejas que necesitan de tiempo y de un conjunto de conductas pierden el efecto motivador (atender en clase, traer el material necesario para estudiar, dedicare un tiempo al estudio, motivarme para adquirir nuevos aprendizajes, etc).

Otro aspecto importante cuando enseñamos, es mirarnos a nosotros/as mismos/as, pues generalmente utilizamos el castigo físico como respuesta a una necesidad nuestra más que una oferta de enseñanza. Volvamos al sentimiento de frustración. Lo que hacen nuestros/as hijos /as nos hace sentir cuestionados y crispados; cuando muestran un comportamiento indeseable en compañía de personas que tienden a juzgarnos o cuando hacen por enésima vez lo que llevamos repitiéndoles que no hagan, sentimos una intensa frustración, y esto puede generarnos ganas de ejercer un castigo físico. Lo hacemos respondiendo a una necesidad de liberar nuestra propia frustración, y esto nos calma a nosotros, pero no enseña a nuestros hijos e hijas.

En  los últimos tiempos se habla de la educación en positivo, respetuosa, y créanme que se habla tanto de ella porque funciona y lo he visto a lo largo de los doce años que llevo trabajando con la infancia y sus familias, en situaciones muy desfavorecidas en una buena parte de los casos, con patologías, serias dificultades, etc.

La educación respetuosa y coherente favorece que padres y madres enseñen mejor lo que quieren enseñar y los/as hijos/as aprendan con eficacia y agrado, sintiéndose orgullosos/as de sí mismos/as cada vez que conquistan un nuevo aprendizaje.

Cuáles son los elementos básicos de una enseñanza positiva y respetuosa:

El respeto: es interesante ponerme en el lugar de mi hijo/a y darme cuenta de cómo me gustaría que me enseñaran algo nuevo. Haciendo este ejercicio,  resulta más fácil saber cómo hacerlo.

Dedicar tiempo de calidad: dedícate un tiempo a reflexionar sobre lo que deseas enseñar y ponlo en común con el papá o mamá de tus hijos/as y establezcan una línea en común. Dedícate un tiempo a reflexionar cuál es la mejor manera de explicárselo a tus hijos. Date un tiempo para explicarles lo que está bien y lo que está mal, lo que te gusta que hagan y lo que no te gusta que hagan, cómo te gusta que lo hagan y cómo no te gusta.

Enseña a tus hijos e hijas potenciando sus cualidades. Cuando le has explicado lo que quieres que aprendan apóyalos con los elementos que sabes que les ayudarán para generar este aprendizaje. Por ejemplo, está estudiando para un examen difícil, recuérdale todo lo que ha aprendido ya, todos los exámenes que ha aprobado, todas las pruebas a las que se ha enfrentado y ha superado, aunque no hayan sido muchas. 

Coherencia y límites claros a la vez que flexibilidad: sé coherente y establece claramente lo que quieres que aprenda y lo que no vas a aceptar. Valora en cada situación y en el momento en el que se encuentre tu hijo o tu hija, para establecer una consecuencia. Lo explico con un ejemplo. No es lo mismo que no se coma el potaje porque no le gusta la verdura a que haya tenido un mal día y no tenga  apetito.

Cuando te has asegurado de que tu hijo/a ha entendido lo que debe hacer y no lo ha hecho, puede ser un buen momento para establecer una consecuencia que le ayude a interiorizar esta enseñanza. Se tratará de eliminar o reducir privilegios que normalmente tiene cuando ha cumplido con sus responsabilidades. Lo mejor es que esta pérdida de privilegio tenga que ver con el asunto, por ejemplo, si no se come la comida que le has puesto, tras haber entendido lo importante que es comer de todo, tener una dieta equilibrada, etc., puede perder el privilegio de comer aquello tan rico que había de postre o las golosinas que iba a tomar después; ha salido con sus amigos y se salta la hora de llegada que le habías puesto, pues pierde ese tiempo el próximo día que salga...

Atrévete y pon en práctica nuevas maneras de educar a las personas que más quieres en el mundo.

Patricia Ortiz Guzmán

Psicóloga sanitaria colegiada T2122

Psicoterapeuta miembro del Instituto Gestalt de Canarias